Nietzsche

La causa de la génesis de una cosa y la utilidad final de ésta, su efectiva utilización e inserción en un sistema de finalidades, son hechos separados entre sí; que algo existente, algo que de algún modo ha llegado a realizarse es interpretado una y otra vez, por un poder superior a ello, en dirección a nuevos propósitos, es apropiado de un modo nuevo, es transformado y adaptado a una nueva utilidad ; que todo acontecer en el mundo orgánico es un subyugar, un enseñorearse y que, a su vez, todo subyugar y enseñorearse es un reinterpretar, un reajustar, en los que, por necesidad, el sentido anterior y la finalidad anterior tienen que quedar oscurecidos o incluso totalmente borrados.. Pero todas las finalidades, todas las utilidades son sólo indicios de que una voluntad de poder se ha enseñoreado de algo menos poderoso y ha impreso en ello, partiendo de sí misma, el sentido de una función; y la historia entera de una cosa , de un órgano, de un uso, puede ser así una interrumpida cadena indicativa de interpretaciones y reajustes siempre nuevos, cuyas causas, no tienen siquiera necesidad de estar relacionadas entre sí, antes bien a veces se suceden y se revelan de un modo meramente casual. El desarrollo de una cosa, de un uso, de un órgano es, según esto, cualquier cosa antes que su progressus hacia una meta, y menos aún un progreso lógico y bravísimo, conseguido con el mínimo gasto de fuerza y de costes, -sino la sucesión de procesos de avasallamiento más o menos profundos, más o menos independientes entre sí, que tienen lugar en la cosa , a lo que hay que añadir las resistencias utilizadas en cada caso para contrarrestarlos, las metamorfosis intentadas con una finalidad de defensa y de reacción, así como los resultados de contraacciones afortunadas. La forma es fluida, pero el sentido lo es todavía más.... He querido decir que también la parcial inutilización, la atrofia y la degeneración, la pérdida de sentido y conveniencia, en una palabra, la muerte, pertenecen a las condiciones del verdadero progressus: el cual aparece siempre en forma de una voluntad y de un camino hacia un poder más grande, y se impone siempre a costa de innumerables poderes más pequeños. La grandeza de un progreso se mide, pues, por la masa de todo lo que hubo que sacrificarle; la humanidad en cuanto masa, sacrificada al florecimiento de una única y más fuerte especie hombre -eso sería un progreso.... -Destaco tanto más este punto de vista capital de la metódica histórica cuanto que en el fondo, se opone al instinto y al gusto de la época hoy dominantes. Los cuales preferirían pactar incluso con la casualidad absoluta, más aún con el absurdo mecanicista de todo acontecer, antes que con la teoría de una voluntad de poder que se despliega en todo acontecer. La idiosincrasia democrática opuesta a todo lo que domina y quiere dominar, el moderno misarquismo (por formar una mala palabra para una mala cosa), de tal manera se han ido poco a poco transformando y enmascarando en lo espiritual, en lo más espiritual, que hoy ya penetran, y les es licito penetrar, paso a paso en las ciencias más rigurosas, más aparentemente objetivas; a mí me parece que se han enseñoreado ya incluso de toda la fisiología y de toda la doctrina de la vida, para daño de las misma, como ya se entiende, pues les han escamoteado un concepto básico, el de la auténtica actividad. En cambio bajo la presión de aquella idiosincrasia se coloca en el primer plano la adaptación, es decir una actividad de segundo rango, una mera reactividad, más aún, se ha definido la vida misma como una adaptación interna cada vez más apropiada, a circunstancias externas . Pero con ello se desconoce la esencia de la vida, su voluntad de poder; con ello se pasa por alto la supremacía del principio que poseen las fuerzas espontáneas, agresivas, invasoras, creadoras de nuevas interpretaciones, de nuevas direcciones y formas, por influjo de las cuales viene luego la adaptación ; con ello se niega en el organismo mismo el papel dominador de los supremos funcionarios, en los que la voluntad de vida aparece activa y conformadora. Recuérdese lo que Huxley reprochó a Spencer -su nihilismo administrativo; pero se trata de algo más que de administrar...   


La voluntad libre se manifiesta como aquello que no tiene ataduras, como lo arbitrario; es lo infinitamente libre, lo errático, el espíritu. El fatum, en cambio, es una necesidad, salvo que no creamos que la historia de la humanidad es un extravío onírico, los dolores indecibles de los seres humanos, meras alucinaciones, y nosotros mismos, meros juguetes de nuestras propias fantasías. El fatum es la fuerza infinita de la resistencia contra la libre voluntad; libre voluntad sin fatum es tan impensable como el espíritu sin lo real, como lo bueno sin lo malo, pues sólo las contradicciones dan lugar a los rasgos del carácter. 

El fatum predica continuamente el principio: «sólo los acontecimientos determinan los acontecimientos». Si éste fuese el único principio verdadero, el hombre no sería más que mero juguete de fuerzas ocultas desconocidas, no sería responsable de sus errores, se hallaría, por lo tanto, libre de todo tipo de distinciones morales, sería un eslabón necesario como miembro de una cadena. ¡Qué feliz sería si no se empeñara en examinar su situación, si no se debatiera convulsamente en la cadena que lo aprisiona, si no mirara con loco placer el mundo y su mecánica!

Tal vez no sea la libre voluntad, de modo similar a como el espíritu sólo es la substancia más infinitamente pequeña y lo bueno, sólo la más sutil evolución de lo malo, otra cosa que la potencia máxima del fatum. La historia universal sería, entonces, historia de la materia, si tomamos esta palabra en un sentido infinitamente amplio. En efecto, tiene que haber todavía otros principios más elevados ante los cuales la totalidad de las diferencias confluyan en una gran unidad, ante la que todo sea evolución, serie escalonada, todo, afluente de un océano magnífico, donde el conjunto de las corrientes que han hecho evolucionar el mundo vuelvan a encontrarse, a fundirse en el todo-uno

Desde cualquier punto de vista filosófico que se quiera considerar el mundo en que creemos vivir, la cosa más segura y más estable es su erroneidad; en confirmación de esto militan muchas razones, las cuales nos incitan a conjeturar que hay un principio engañador en la «esencia de las cosas». 
Y todo aquel que hace responsable a nuestro pensamiento y por tanto, a nuestro espíritu, de la falsedad del mundo (digna escapatoria, a la cual debe llegar todo consciente o inconsciente advocatus Dei), y que supone que comprendemos mal a este mundo, al espacio, al tiempo, a la forma, al movimiento, debe hallar en esto mismo un buen motivo para desconfiar del pensar en general. ¿Por ventura no ha cometido muchos errores nuestro pensamiento? ¿Y quién nos garantiza que no continuará errando? Mas hablando en serio, la ingenuidad de los pensadores tiene en sí algo que conmueve e inspira respeto, aquella ingenuidad que les permite todavía en nuestros tiempos encararse con la conciencia y rogarle que dé respuestas sinceras, por ejemplo, si ella es real y porqué huye tanto del mundo exterior. El creer en las «certezas inmediatas» es una ingenuidad moral que no hace honor a los filósofos; pero ya es tiempo de no ser solamente hombres morales.Abstrayendo de la moral, aquella creencia es una estupidez. Aun admitiendo que en la vida burguesa la continua desconfianza pueda ser indicio de «mal carácter», y sea, por consiguiente, una cosa imprudente, sin embargo, aquí entre nosotros, más allá del mundo burgués y de sus «sí» y «no», ¿qué es lo que puede impedirnos ser imprudentes, y decir: el filósofo tiene hasta el derecho de disfrutar un «mal carácter», porque es el ser más veces engañado sobre la tierra, tiene el Viriliodeber de ser desconfiado y de mirar de reojo, como si saliera de los abismos de la sospecha? Ya que aprendí a pensar de muy diverso modo acerca del engañar y del ser engañado, debo estar libre del furor ciego de los filósofos que no quieren engañarse. Y ¿por qué no? Que la verdad valga más que la apariencia no es un mero prejuicio moral, sino que es también la suposición menos probada del mundo. Tengamos el valor de confesarnos a nosotros mismos que ninguna vida podría existir si no se basara en estimaciones y apariencias visuales. Y si algún día, con el virtuoso y enfermizo entusiasmo de algunos filósofos, se quisiera abolir del todo el «mundo de las apariencias», admitiendo que esto sea posible, no quedaría de vuestra «verdad» sino una «nada». Por otra parte, ¿con qué razón admitís que haya una contradicción esencial entre lo «verdadero» y lo «falso»? Basta admitir diferentes grados de apariencia, sombras más o menos espesas, diferentes «valores». ¿Por qué el mundo, que tanto nos importa, no habrá de ser una ficción? Y a quien objeta que para toda ficción se requiere un autor, ¿no se le podría responder francamente: ¿Por qué? Este «se requiere», ¿no puede ser también una ficción? ¿No podemos burlarnos un poco del sujeto, como nos burlamos del predicado y del objeto? ¿No podrá el filósofo elevarse sobre la ciega fe de la gramática? Estimo mucho a los hombres superiores; pero ¿no ha llegado ya el momento de renunciar a jurar in verba magist ?