BOICOT A LA CULTURAPOLICIAL

HAKIM BEY

Si se puede nombrar a un personaje de ficción que dominó la cultura pop de los 80, ese es el Policía. Maldito policía en todos lados donde dirigís la mirada, peor que en la vida real. Qué aburrimiento increíble.

Poderosos Policías - protegiendo a sumisos y humildes - a expensas de media docena o más de artículos de la Carta de Derechos - "Harry el sucio". Lindos policías humanos, vigilando con perversión humana. Saliendo a las calles, agridulces, vos sabés, gruñones pero blandos por dentro. "Hill Street Blues", el más malvado show de TV que haya existido. Policías negros sabelotodos haciendo agudos comentarios racistas contra policías blancos matones, con los que de todas formas se terminan queriendo. Eddie Murphy, Traidor de Clase. Para esa trama masoquista, tenemos policías débiles que amenazan con colapsar desde dentro nuestro consenso de la realidad, como los Aliens diseñados por Giger, pero que naturalmente son eliminados en una fracción de tiempo por el Último Policía Honesto, Robocop, la amalgama ideal de la prótesis y el sentimentalismo.

Hemos estado obsesionados con policías desde el comienzo, pero los agentes de antaño hacían de tontos, “Keystone Kops”, “Car 54: Where are you”, buchones preparados para que Fatty Arbuckle o Buster Keaton los aplasten y humillen. Pero en el drama ideal de los 80, el “pequeño hombre” que una vez se propagó como las moscas con esa bomba anarquista, inocentemente usada para encender un cigarrillo – el mendigo, la víctima con el sutil poder del corazón puro - ya no tiene un lugar central en la narrativa. Alguna vez fuimos aquel héroe caótico quasi-surrealista que superó a los obsecuentes de un orden obsoleto. Pero ahora somos reducidos al status de víctimas indefensas o criminales. Ya no ocupamos aquel rol central, ya no somos los héroes de nuestras propias historias, hemos sido marginados y reemplazados por el Otro, el Policía.

Aunque el Show del Policía tiene tres personajes - víctima, criminal y el policía - los primeros dos fallan por ser enteramente humanos - solamente el cerdo es real. Peculiar como de costumbre, la sociedad de los 80 parecía consistir de los mismos tres clichés o arquetipos. Primero las víctimas, las minorías lloronas que se quejan por los “derechos” – ¿y quién puede decir que no perteneció a una minoría en los 80? Mierda, hasta los policías se quejaban porque abusaban de sus derechos. Después los criminales, la mayoría no blancos (a pesar de la obligatoria y alucinada integración de los medios); la mayoría pobres (u obscenamente ricos, más extraños aún); la mayoría perversos (por ejemplo, los reflejos prohibidos de “nuestros” deseos). He escuchado que uno de cada cuatro propietarios en Estados Unidos es robado cada año, y que cada año cerca de medio millón es arrestado sólo por fumar porro. A la vista de tales estadísticas (aún asumiendo que son malditas mentiras) uno desea NO ser ni la víctima o el criminal en el estado policial de nuestra consciencia. La policía debe mediar por todos nosotros, a pesar de lo borrosa que sea la interfase – ellos se convierten en oradores guerreros, aunque profanos.

“El más buscado de América” – el show del juego más exitoso de la TV de los 80 – abrió para todos nosotros el rol del Policía Amateur, hasta ese entonces una mera fantasía mediática de resentimiento y venganza de la clase media. Naturalmente, el Policía verdadero no odia a alguien tanto como al vecino vigilante – mirá que pasa con los vecindarios pobres o de gente no blanca, con sus grupos de autoprotección, como los grupos musulmanes que trataron de eliminar la venta de crack en Brooklyn; los policías atraparon a los musulmanes, los vendedores quedaron libres. Los ciudadanos vigilantes amenazan el monopolio de la Fuerza. “Lese majeste”, más abominable que el incesto o el asesinato. Pero los vigilantes mediatizados funcionan perfectamente en el Estado Policial. De hecho, sería más apropiado pensar en ellos como informantes no pagos: intrusos telemétricos, soplones electrónicos, ratas por un día.

¿Qué es eso que América quiere más? ¿Esta frase se refiere a criminales – o a crímenes, a objetos de deseo en su real presencia, no representados, no mediatizados, literalmente robados y apropiados? Lo que más quiere América es mandar a la mierda el trabajo, dejar al esposo/a, drogarse (porque sólo las drogas te hacen sentir tan bien como parece que está la gente de la TV), tener sexo con una joven cual carne fresca, sodomía, robo, demonios que sí. ¿Qué placeres no mediatizados no son ilegales? Hasta los asados al aire libre violan las ordenanzas sobre el humo hoy en día. Los más simples divertimentos nos ponen contra alguna ley; finalmente el placer es muy inductivo al estrés; y sólo permanece la TV – y el placer de la venganza, traición vicaria, la trama enferma del cuentito. América no puede tener lo que más quiere, en cambio tiene “Lo que más quiere América”. Una nación de matones de escuela.

Por supuesto que el programa sufre fallas de realidad un poco extrañas: por ejemplo, los segmentos son dramatizados por actores al estilo cine-verdad; algunos televidentes son tan estúpidos que creen que están viendo las tomas de crímenes verdaderos. Los actores son continuamente acosados y hasta arrestados, junto a (o en lugar de) los verdaderos criminales cuyas fotos son sacadas después de cada pequeño documental. Qué pintoresco, ¿no? Nadie experimenta nada realmente – todos son reducidos al status de fantasmas – las imágenes de los medios se despegan y vuelan lejos de cualquier contacto con la vida cotidiana – sexo telefónico – cibersexo. La trascendencia final del cuerpo: cibergnosis.

Los policías mediáticos, como heraldos tele-evangelistas, nos preparan para el adviento, la venida final o el Rapto del estado policial; las “Guerras” al sexo y las drogas: total control totalmente carente de todo contenido; un mapa sin coordenadas en ningún espacio conocido; mucho más allá del mero espectáculo; éxtasis absoluto (“fuera del cuerpo”); simulacro obsceno; violentos espasmos sin sentido elevados al último principio de gobierno. La imagen de un país consumido por las imágenes del odio a sí mismo, la guerra entre las mitades esquizoides de una personalidad dividida. El Super-Ego versus el Chico DNI, por el campeonato de los pesos pesados de un paisaje abandonado, quemado, poluído, vacío, desolado, irreal.

Así como el misterio de los asesinatos siempre es un ejercicio de sadismo, también la ficción policial siempre envuelve la contemplación del control. La imagen del inspector o detective mide la imagen de “nuestra” falta de consciencia autónoma, nuestra transparencia ante la mirada intensa de la autoridad. Nuestra perversidad, nuestra incompetencia. Si los imaginamos como “buenos” o “malvados”, nuestra invocación obsesiva del reflejo de los Policías revela nuestro grado de aceptación de su mirada maniquea del mundo. Enjambres de millones de pequeños policías por todas partes. Como el glippoth, hambrientos fantasmas larvales – llenan la pantalla, como en el famoso enredo de Keaton, conmoviendo en el primer plano, y la Antártida donde no se mueve nada más que hordas de pequeños pingüinos azules.

Nosotros proponemos una exégesis hermenéutica del eslogan surrealista “¡Mort aux vaches!”. Lo tomamos no para referirnos a la muerte de los individuos policías (“vacas” en el argot del período) – mera fantasía de venganza izquierdista – mezquino sadismo invertido – pero sí para referirnos a la muerte de esa imagen de "película", el Control interno y sus múltiples reflejos en el no-lugar-lugar de los medios – la “habitación gris” como la llama Burroughs. Autocensura, el miedo a los deseos propios, la “consciencia” como la voz internalizada del consenso autoridad. Para asesinar estas “fuerzas de seguridad” se necesitarían liberar corrientes de energía libidinal, pero no el descontrol violento que predice la teoría de la Ley y el Orden. La “auto superación” nietzscheana provee del principio de organización para el espíritu libre (como así también para la sociedad anarquista, al menos en teoría). En la personalidad del estado policial, la energía libidinal es dañada y desviada hacia la auto represión; cualquier amenaza al Control termina en espasmos de violencia. En la personalidad del espíritu libre, la energía fluye sin impedimentos, turbulentamente pero correcta – su caos encuentra su polo opuesto, permitiendo que emerjan nuevos órdenes espontáneos.

En este sentido, entonces, llamamos al boicot de la imagen del Policía, y a una moratoria de su producción en el arte. En este sentido...

¡MORT AUX VACHES!

 

Hakim Bey