Algunos visitan mi web otros la espian
El topo, agente encubierto o secreto es el infiltrado en una organización que sirve a otra. Los topos pueden dedicarse, bien a actividades ilegales, como el espionaje o la provocación, o bien a actividades legales, caso de los miembros de la policía que investigan organizaciones sociales, politicas, sindicales u organizaciones ilegales o criminales. En este segundo caso, el topo
actúa con autorización judicial. De este modo, "el agente encubierto
investiga el crimen desde el interior de la organización criminal,
actuando sin exceder el marco de las garantías constitucionales básicas
y aprovechándose de las oportunidades y facilidades que le brinda aquél
ya predispuesto a cometer un hecho delictivo” (M. Bohermer). Tal predisposición, el dolo preexistente, es lo que diferencia su función de la del agente provocador. Dado
que algunos delitos sólo son susceptibles de ser descubiertos y
probados si los órganos encargados de la prevención logran ser
admitidos en el círculo de la intimidad en el que ellos tienen lugar,
en algunos sistemas judiciales se permite al juez designar por
resolución a agentes de la fuerzas de seguridad en actividad para que
se introduzcan en forma encubierta como integrantes de organizaciones
delictivas, a fin de obtener información sobre sus integrantes,
funcionamiento, financiación, etc. La regla es el mantenimiento del
estricto secreto de la actuación del agente encubierto, y la excepción
queda sustentada en el carácter absolutamente imprescindible del aporte
testifical. En caso de revelación de la identidad real del agente
encubierto, su situación de peligro personal es asumida por la ley y
obliga a su protección cuando aquélla se produjo, mediante las medidas
adecuadas ordenadas antes de concretarse la declaración testimonial. El primer texto histórico que se refiere a los espías es "El Arte de la Guerra" de Sun Tzu, escrito unos 500 a. C. Y los antecesores del espionaje fueron los Ninja del Japón feudal. James Bond se lo suele asimilar con un agente encubierto.
El topo otra versi+on del chismoso de barrio
La Maledicencia (extracto
de El hombre mediocre por Jose Ingenieros)
Los maldicientes florecen por doquier: en los cenáculos, en los clubs,
en las academias, en las familias, en las profesiones, acosando a todos
los que perfilan alguna originalidad. Hablan a media voz, con recato,
constantes en su afán de taladrar la dicha ajena, sembrando a puñados
la semilla de todas las yerbas venenosas. La maledicencia es una
serpiente que se insinúa en la conversación de los envilecidos; sus
vértebras son nombres propios, articulados por los verbos más equívocos
del diccionario para arrastrar un cuerpo cuyas escamas son
calificativos pavorosos.
Vierten la infamia en todas las copas transparentes, con serenidad de
Borgias; las manos que la manejan parecen de prestidigitadores,
diestras en la manera y amables en la forma. Una sonrisa, un levantar
de espaldas, un fruncir la frente como suscribiendo la posibilidad del
mal, bastan para macular la probidad de un hombre o el honor de una
mujer. El maldiciente, cobarde entre todos los envenenadores, está
seguro de la impunidad; por eso es despreciable. No afirma, pero
insinúa; llega hasta desmentir imputaciones que nadie hace, contando
con la irresponsabilidad de hacerlas en esa forma. Miente con
espontaneidad, como respira. Dice distraídamente todo el mal de que no
está seguro y calla con prudencia todo el bien que sabe. No respeta las
virtudes íntimas ni los secretos del hogar, nada; inyecta la gota de
ponzoña que asoma como una irrupción en sus labios irritados, hasta que
por toda la boca, hecha una pústula, el interlocutor espera ver salir,
en vez de lengua, un estilete.
Barcos de amplio velamen, pero sin timón, no saben adivinar su propia
ruta: ignoran si irán a varar en una playa arenosa o a quedarse
estrellados contra un escollo.
Están en todas partes, aunque en vano buscaríamos uno solo que se
reconociera; si lo halláramos sería un original, por el simple hecho de
enrolarse en la mediocridad. ¿Quién no se atribuye alguna virtud,
cierto talento o un firme carácter?
Muchos cerebros torpes se envanecen de su testarudez, confundiendo la
parálisis con la firmeza, que es don de pocos elegidos; los bribones se
jactan de su bigardía y desvergüenza, equivocándolas con el ingenio;
los serviles y los parapoco pavonéanse de honestas, como si la
incapacidad del mal pudiera en caso alguno confundirse con la virtud.
Si hubiera de tenerse en cuenta la buena opinión que todos los hombres
tienen de sí mismos, sería imposible discurrir de los que se
caracterizan por la ausencia de personalidad. Todos creen tener una; y
muy suya. Ninguno advierte que la sociedad le ha sometido a esa
operación aritmética que consiste en reducir muchas cantidades a un
denominador común: la mediocridad
El hombre mediocre no habla nunca; repite siempre. Juzga a los hombres
como los oye juzgar. Reverenciará a su más cruel adversario, si éste se
encumbra; desdeñará a su mejor amigo si nadie lo elogia. Su criterio
carece de iniciativas.
Sus admiraciones son prudentes. Sus entusiasmos son oficiales. El
hombre mediocre es una sombra proyectada por la sociedad; es por
esencia imitativo y está perfectamente adaptado para vivir en rebaño,
reflejando las rutinas, prejuicios y dogmatismos reconocidamente útiles
para la domesticidad. Así como el inferior hereda el “alma de la
especie”, el mediocre adquiere el “alma de la sociedad”. Su
característica es imitar a cuantos le rodean: pensar con cabeza ajena y
ser incapaz de formarse ideales propios.
Todo lo que existe es necesario. Cada hombre posee un valor de
contraste, si no lo tiene de afirmación; es un detalle necesario en la
infinita evolución del proto-hombre al super-hombre. Sin la sombra
ignoraríamos el valor de la luz. La infamia nos induce a respetar la
virtud; la miel no sería dulce si el acíbar no enseñara a paladear la
amargura; admiramos el vuelo del águila porque conocemos el
arrastramiento de la oruga; encanta más el gorjeo del ruiseñor cuando
se ha escuchado el silbido de la serpiente.
El mediocre representa un progreso, comparado con el imbécil, aunque
ocupa su rango si lo comparamos con el genio: sus idiosincrasias
sociales son relativas al medio y al momento en que actúa.
De otra manera, si fuera intrínsecamente inútil, no existiría: la
selección natural habríale exterminado. Es necesario para la sociedad,
como las palabras lo son para el estilo. Pero no bastaría, para
crearlo, alinear todos los vocablos que yacen en el diccionario;el
estilo comienza donde aparece la originalidad individual.
La psicología de los hombres mediocres caracterizase por un riesgo
común: la incapacidad de concebir una perfección, de formarse un ideal.
El horror de lo desconocido los ata a mil prejuicios, tornándolos
timoratos e indecisos: nada aguijonea su curiosidad; carecen de
iniciativa y miran siempre al pasado, como si tuvieran los ojos en la
nuca. Son incapaces de virtud; no la conciben o les exige demasiado
esfuerzo.
No vibran a las tensiones más altas de la energía; son fríos, aunque
ignoren la serenidad; apáticos sin ser previsores; acomodaticios
siempre, nunca equilibrados. No saben estremecerse de escalofrío bajo
una tierna caricia, ni abalanzarse de indignación ante una ofensa. No
viven su vida para sí mismos, sino para el fantasma que proyectan en la
opinión de sus similares Carecen de línea; su personalidad se borra
como un trazo de carbón bajo el esfumino, hasta desaparecer.
Trocan su honor por una prebenda y echan llave a su dignidad por
evitarse un peligro; renunciarían a vivir antes que gritar la verdad
frente al error de muchos. Su cerebro y su corazón están entorpecidos
por igual, como los polos de un imán gastado. Cuando se arrebañan son
peligrosos. La fuerza del número suple a la febledad individual:
acomúnanse por millares para oprimir a cuantos desdeñan encadenar su
mente con los eslabones de la rutina. Aunque aislados no merezcan
atención, en conjunto constituyen un régimen, representan un sistema
especial de intereses inconmovibles.
Subvierten la tabla de los valores morales, falseando nombres,
desvirtuando conceptos: pensar es un desvarío, la dignidad es
irreverencia, es lirismo la justicia, la sinceridad es tontera, la
admiración una imprudencia, la pasión ingenuidad, la virtud una
estupidez.
Viven en la mentira, comen de ella, la siembran, la riegan, la podan,
la cosechan. Así crean un mundo de valores ficticios que favorece la
culminación de los obtusos; así tejen su sorda telaraña en torno de los
genios, los santos y los héroes, obstruyendo en los pueblos la
admiración de la gloria. Cierran el corral cada vez que cimbra en las
cercanías el aletazo inequívoco de un águila.
La vulgaridad es el aguafuerte de la mediocridad. En la ostentación de
lo mediocre reside la psicología de lo vulgar; basta insistir en los
rasgos suaves de la acuarela para tener el aguafuerte. Diríase que es
una reviviscencia de antiguos atavismos. Los hombres se vulgarizan
cuando reaparece en su carácter lo que fue mediocridad en las
generaciones ancestrales: los vulgares son mediocres de razas
primitivas: habrían sido perfectamente adaptados en sociedades
salvajes, pero carecen de la domesticación que los confundiría con sus
contemporáneos.
La vulgaridad es una acentuación de los estigmas comunes a todo ser
gregario; sólo florece cuando las sociedades se desequilibran en
desfavor del idealismo. Es el renunciamiento al pudor de lo innoble.
Ningún ajetreo original la conmueve. Desdeña el verbo altivo y los
romanticismos comprometedores. Su mueca es fofa, su palabra muda, su
mirar opaco. Ignora el perfume de la flor, la inquietud de las
estrellas, la gracia de la sonrisa, el rumor de las alas. Es la
inviolable trinchera opuesta al florecimiento del ingenio y del buen
gusto.
La vulgaridad es el blasón nobiliario de los hombres ensoberbecidos de
su mediocridad; la custodian como al tesoro el avaro. Ponen su mayor
jactancia en exhibirla, sin sospechar que es su afrenta. Estalla
inoportuna en la palabra o en el gesto, rompe en un solo segundo el
encanto preparado en muchas horas, aplasta bajo su zarpa toda eclosión
luminosa del espíritu. Incolora, sorda, ciega, insensible, nos rodea y
nos acecha; deléitase en lo grotesco, vive en lo turbio, se agita en
las tinieblas. Es incapacidad de pensar y de amar, incomprensión de lo
bello, desperdicio de la vida.
En su órbita giran los espíritus mediocres. Evitan salir de ella y
cruzar espacios nuevos; repiten que es preferible lo malo conocido a lo
bueno por conocer. Ocupados en disfrutar lo existente, cobran horror a
toda innovación que turbe su tranquilidad y les procure desasosiegos.
Acostumbrados a copiar escrupulosamente los prejuicios del medio en que
viven, aceptan sin contralor las ideas destiladas en el laboratorio
social: como esos enfermos de estómago inservible que se alimentan con
substancias ya digeridas en lo frascos de las farmacias. Su impotencia
para asimilar ideas nuevas los constriñe a frecuentar las antiguas. La
Rutina, síntesis de todos los renunciamientos, es el hábito de
renunciar a pensar.
Viven de una vida que no es vivir. Crecen y mueren como las plantas. No
necesitan ser curiosos ni observadores. Son prudentes, por definición,
de una prudencia desesperante: si uno de ellos pasara junto al
campanario inclinado de Pisa, se alejaría de él, temiendo ser
aplastado. El hombre original, imprudente, se detiene a contemplarlo;
un genio va más lejos; trepa al campanario, observa, medita, ensaya,
hasta descubrir las leyes más altas de la física. Galileo.
Los mediocres, más inclinados a la hipocresía que al odio, prefieren la
maledicencia sorda a la calumnia violenta. Sabiendo que ésta es
criminal y arriesgada, optan por la primera, cuya infamia es
subrepticia y sutil. La una es audaz; la otra cobarde. El calumniador
desafía el castigo, se expone; el maldiciente lo esquiva. El uno se
aparta de la mediocridad, es antisocial, tiene el valor de ser
delincuente; el otro es cobarde y se encubre con la complicidad de sus
iguales, manteniéndose en la penumbra.
Los maldicientes florecen doquiera: en los cenáculos, en los clubs, en
las academias, en las familias, en las profesiones, acosando a todos
los que perfilan alguna originalidad. Hablan a media voz, con recato,
constantes en su afán de taladrar la dicha ajena, sembrando apuñados la
semilla de todas las yerbas venenosas.
La maledicencia es una serpiente que se insinúa en la conversación de
los envilecidos; sus vértebras son nombres propios, articuladas por los
verbos más equívocos del diccionario para arrastrar un cuerpo cuyas
escamas son calificativas pavorosos. Una sonrisa, un levantar de
espaldas, un fruncir la frente como subscribiendo a la posibilidad del
mal, bastan para macular la probidad de un hombre o el honor de una
mujer.
El maldiciente, cobarde entre todos los envenenadores, está seguro de
la impunidad; por eso es despreciable. No afirma, pero insinúa; llega
hasta desmentir imputaciones que nadie hace, contando con la
irresponsabilidad de hacerlas en esa forma. Miente con espontaneidad,
como respira. Sabe seleccionar lo que converge a la detracción. Dice
distraídamente todo el mal de que no está seguro y calla con prudencia
todo el bien que sabe.
No respeta las virtudes íntimas ni los secretos del hogar, nada;
inyecta la gota de ponzoña que asoma como una irrupción en sus labios
irritados, hasta que por toda la boca, hecha una pústula, el
interlocutor espera ver salir, en vez de lengua, un estilete. Sin
cobardía, no hay maledicencia.
El que puede gritar cara a cara una injuria, el que denuncia a voces un
vicio ajeno, el que acepta los riesgos de sus decires, no es un
maldiciente. Para serlo es menester temblar ante la idea del castigo
posible y cubrirse con las máscaras menos sospechosas. Los peores son
los que maldicen elogiando.
El que miente es traidor: sus víctimas le escuchan suponiendo que dice
la verdad. El mentiroso conspira contra la quietud ajena, falta al
respeto a todos, siembra la inseguridad y la desconfianza. Con mirar
ojizaino persigue a los sinceros, creyéndolos sus enemigos naturales.
Aborrece la sinceridad. Dice que ella es la fuente de escándalo y
anarquía, como si pudiera culparse a la escoba de que exista la
suciedad.
En el fondo sospecha que el hombre sincero es fuerte e individualista
fincando en ello su altivez inquebrantable, pues su oposición a la
hipocresía es una actitud de resistencia al mal que le acosa por todas
partes. Se defiende contra la domesticación y el descenso común. Y dice
su verdad como puede, cuando puede, donde puede. Pero la sabe decir.
El hipócrita entibia toda amistad con sus dobleces: nadie puede confiar
en su ambigüedad recalcitrante. Día por día afloja sus anastomosis con
las personas que le rodean; su sensibilidad escasa impídele caldearse
en la ternura ajena y su afectividad va palideciendo como una planta
que no recibe sol, agostado el corazón en un invierno prematuro.
Sólo piensa en sí mismo, y ésa es su pobreza suprema. Sus sentimientos
se marchitan en los invernáculos de la mentira y de la vanidad. La
Bruyére escribió una máxima imperecedera: “En la amistad hay placeres
que no pueden alcanzar los que nacieron mediocres”.
“No hay perfección sin esfuerzo. Los mediocres jamás cosechan rosas por
temor a las espinas”
La Moral de Tartufo
Ninguna fe impulsa a los hipócritas; no sospechan el valor de las
creencias rectilíneas. Esquivan la responsabilidad de sus acciones, son
audaces en la traición y tímidos en la lealtad. Conspiran y agreden en
la sombra, escamotean vocablos ambiguos, alaban con reticencias
ponzoñosas y difaman con afelpada suavidad. Nunca lucen un galardón
inconfundible: cierran todas las rendijas de su espíritu por donde
podría asomar desnuda su personalidad, sin el ropaje social de la
mentira.
Así como la pereza es la clave de la rutina y la avidez es el móvil del
servilismo, la mentira es el prodigioso instrumento de la hipocresía.
Nunca ha escuchado la humanidad palabras más nobles que algunas de
Tartufo; pero jamás un hombre ha producido acciones más disconformes
con ellas. Sea cual fuere su rango social, en la privanza o en la
proscripción, en la opulencia o en la miseria, el hipócrita está
siempre dispuesto a adular a los poderosos y a engañar a los humildes.
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